Alejandro González Iñárritu vuelve con su ímpetu para demostrarnos por qué es un cineasta capaz de hacer y deshacer desde dentro la misma industria que lo subvenciona. Con Digger, vuelve a ahondar en uno de sus grandes tópicos: la obsesión en su amplio espectro y las formas en que puede llevar a sus personajes hasta el exceso. Esta vez lo hace desde un universo donde la exageración es la moción principal

Una obra atípica para tiempos atípicos.

Desagradable, obra maestra, desconcertante, brillante”: la campaña  publicitaria de 'Digger' juega con las valoraciones de la crítica - Infobae


La semejanza entre nuestro protagonista, su séquito y los personajes que reconocemos en nuestro día a día no resulta accidental. Son figuras conocidas: el poder, sus representantes y quienes orbitan alrededor de él. Iñárritu ha señalado que, más que una obra que busque acusar, entiende Digger como una especie de “documental del futuro”. La película observa el presente desde una ficción que puede quedar rápidamente obsoleta frente a la velocidad con la que avanza la realidad. Una sátira que puede terminar siendo noticia y una ficción rápidamente alcanzada por el mundo que intenta representar.

¿Qué mejor que el ojo de un latinoamericano para señalar las grietas de este sistema?

En tiempos en los que los poderes fácticos dominan la narrativa, Iñárritu plante el ejercicio crítico que hay detrás del monstruo, a pesar de tener los datos de todo, ¿sabemos realmente lo que sucede con decisiones que se toman entre cuatro paredes?. "Ellos saben los datos, pero no la historia" es uno de los diálogos claves de esta sátira que de tétrico tiene por título: lo crudo de la realidad.

El discurso se moldea, manipula y reformula. En un territorio donde nosotros, los simples mortales, terminamos ocupando el lugar de espectadores y títeres dentro de una sociedad construida alrededor del poder y el dinero.

El aparataje visual de la película responde a ese mismo universo. Hay una construcción de mundo pensada desde lo barroco, lo new rich y lo decadente que podemos imaginar alrededor de un magnate. Todo parece excesivo, cuidadosamente dispuesto y, al mismo tiempo, ligeramente fuera de lugar, con iluminaciones extrañas y composiciones incómodas.

Aquí la fotografía de Emmanuel “Chivo” Lubezki lo es todo. Existe un entendimiento entre Iñárritu y Lubezki que se percibe en la forma en que la cámara se mueve y observa este universo. Un trabajo alimentado por los años de colaboración. Digger fue rodada íntegramente en VistaVision, buscando una imagen con profundidad (algo fundamental para la trama), donde cada elemento dentro del cuadro pudiera contar algo y donde la mirada tiene espacio para recorrer esta imagen deslavada, blanca y grisácea.

En el centro de este universo está un sólido Tom Cruise, que concentra gran parte de la atención, pero son Jesse Plemons, Sandra Hüller, Michael Stuhlbarg y John Goodman quienes construyen personajes con una dimensión propia dentro de una historia que pareciera girar en torno a un hombre ensimismado en su propia existencia.

Digger posee un carácter satírico y cruelmente real. Avanza dejando preguntas y construyendo un mundo que por momentos parece demasiado absurdo. Iñárritu juega con la perspectiva, el delirio y la necesidad de mantener el espectáculo en movimiento, a pesar del horror de la modernidad que absurdamente continuamos alimentando día a día desde la comodidad de nuestras libertades neoliberales. Y mientras exista alguien dispuesto a mirar, siempre habrá una historia que inventar. Los personajes pueden cambiar, la narrativa puede reformularse y el escenario puede venirse abajo, pero la maquinaria sigue funcionando, independiente de la verdad.

El show debe continuar.