Patricia López no hacía cine desde Baby Shower (2011), de Pablo Illanes. En estos años crió a su hijo, que está por cumplir cuatro, y eligió volver sin apuro. Volvió con Cocaína negra, el documental de Cristóbal Valenzuela Berríos que reconstruye la vida de Eugenio Berríos a partir de las cintas que el propio químico de la DINA grabó entre 1989 y 1991. En las recreaciones teatrales de la película, sobre fondo negro, Claudio Arredondo interpreta a Berríos y ella a Gladys Schmeisser, su esposa, sincronizando sus labios con la voz real de ella.
Conversamos con la actriz en Valdivia, en el marco del 33.º FICValdivia, al día siguiente de una función con público. La película llega a salas chilenas el 5 de noviembre.
Mucha gente de mi generación creció viéndote en la tele y en el cine. ¿Cómo se siente volver al cine después de tanto tiempo?
Son palabras que me vienen muy bien, porque siento que estoy cerrando un puerperio muy intenso de maternar a mi hijo, que va a cumplir cuatro años. Es precioso cuando en la vida se van co-creando las cosas y los sueños. Justo viene ahora el estreno de esta película, filmé otra que estrenamos el próximo año y esto ha traído otros proyectos en cine. Siento que ahora puedo volver a actuar y entregarme al cien por ciento, con un hijo más grande, después de una labor de mamá de muchos cuidados, como yo quería: no desaparecer, que él tuviera una mamá cercana.
Es precioso volver al cine después de 15 años. Mi última película fue Baby Shower, de Pablo Illanes. Todo es cíclico y se van cumpliendo etapas. Me permití una maternidad como yo la quería, no apresurada por trabajar. Me moría de ganas de actuar, estando en Eslovenia con mi guagua y todo, pero también se trata de permitirse vivir los procesos, porque como actrices siempre queremos hacer. A veces hay proyectos a los que uno no puede decir que no, pero esta vez me siento orgullosa de haberme permitido una maternidad como yo la soñaba.
¿qué sentiste con respecto a la experiencia en sala al ver la película?
Siento que se comprendió todo, y es maravilloso cuando eso sucede. Se comprendió todo el humor, todo el horror, toda la distancia. Fue una hermosa proyección, sobre todo por las preguntas posteriores de las nuevas generaciones de audiovisualistas y cineastas. Eso es lo que me moviliza hoy.
Creo que esta es una apuesta de memoria, de investigación, de una verdad irrefutable. Su gran valor artístico está en el dispositivo que crea Cristóbal Valenzuela, que ya venía investigando antes: la recreación, lo teatral despojado con fondo negro, resignificar archivos de películas antiguas, más la capa de la investigación y los testimonios. Es un documental con muchas capas.
Hoy, en estas realidades virtuales, con los bots y la mentira manipulada, que haya verdad, memoria y realidad es un regalazo para ustedes. Además abre muchas otras narrativas e investigaciones que a través de Berríos se abrieron. Yo aprendí un montón. Una de las cosas más maravillosas de mi trabajo es que aprendo en cada proyecto. Investigué mucho y me sorprendí: no sabía que existía Gladys, no conocía esta historia. Uno conoce la oscuridad que hubo con esta gente criminal, pero meterte en la intimidad de un criminal así... guau, aprendí mucho.
La labor de Cristóbal también es ir construyendo memoria real y entregársela a ustedes para seguir creando sobre eso, ojalá cada vez con más distancia, y ojalá en algún momento llegar a no tener que hacer estas películas que develan atrocidades. Pero son necesarias.
En el cine y las series sobre la dictadura, las mujeres que rodearon a la represión suelen pasar desapercibidas. pocas veces se las mira desde su rol, salvo casos como Ingrid Olderock en el cortometraje Bestia. En Cocaína negra está Gladys y aparece, entrevistada, Mariana Callejas, un personaje verdaderamente terrorífico. ¿Cómo ves esa ausencia?
Yo creo que se va a empezar a saber más y visibilizar más, porque es súper interesante ver a las mujeres en ese rol también.
Gladys era una mujer con mucho glamour, que fue testigo en primera persona de un hombre muy siniestro. ¿Cómo te acercaste a ella?
Investigué mucho sobre ella, pero hay muy poca información. Ahí me ayudó Cristóbal Valenzuela. Se sabe que era modelo de alta costura. Tú sabes que en los 80 las misses, el modelaje, los nightclubs, todo el mundo militar y de la DINA tenían mucha conexión con el mundo de la noche. Ella era modelo, era estupenda, pero no hizo una gran carrera, a diferencia de Cecilia Bolocco.
Yo creo que sobrevivió como pudo. Terminó muy alcohólica. En la película se revela que Berríos terminó siendo muy adicto a lo que él mismo preparaba, la cocaína. Era consumidor y muy alcohólico, y ella también. Creo que ahí hay una simbiosis.
Se conocen en un local nocturno donde se encontraban muchos criminales, estafadores, falsificadores, militares, agentes de la DINA y civiles. Ahí Berríos ponía la cocaína en la mesa, pagaba los whiskies y quería demostrar siempre una vida que no era real. Era muy fantoche y se endeudaba para sorprender a los demás. Ella era su pareja, se enamoran y se casan a los tres meses. Me imagino a este tipo con estos gamulanes de piel, cantando rancheras, repartiendo cocaína, invitando los whiskies, y ella preciosa, todavía joven y bella.
Eso duró poquito. Luego lo empiezan a perseguir por las deudas y se tienen que esconder en Viña. Esa es la escena que abre la película conmigo: ella en un alcoholismo avanzado, escondida, con este tipo que no aparece. Todo ese glamour y brillo duró poquito y empezó el ocaso de la relación. Finalmente estas mujeres son cómplices: es imposible no saber en lo que están sus compañeros.
No se sabe muy bien cómo muere. Me cuenta Cristóbal que hubo un incendio en su casa, porque parece que prendía muchas velas y tenía muchos santos. Poco después de que matan a Berríos, ella denuncia un intento de secuestro: hay testigos que ven que casi se la llevan entre dos personas a una van. Ella seguía siendo peligrosa, porque manejaba información. No sabemos en qué estado psicológico se encontraba. En las fotos y videos de archivo que le donaron a Cristóbal se la ve quemada, en un estado muy decadente, con la mirada perdida. Tiene este incendio en su casa y muere, no sabemos si en el hospital o después. Una vida trágica.
Transmitir todo eso en el minuto que dura la escena es de una complejidad actoral enorme, y más aún sin voz propia, sincronizando los labios con un audio. ¿Cómo trabajaste ese dispositivo?
Cristóbal lo tenía muy claro: eran recreaciones, en un espacio teatral, y yo tenía que trabajar sobre la voz de ella. Me mandó la conversación. Créeme que, a pesar de lo corto, ha sido de las cosas más difíciles que he tenido que hacer como actriz, porque tuve que oír su voz, y a través de su tono, de su pausa y de su respiración, encontrar la corporalidad y el estado.
Ella está enojada, pero tiene una voz suave. No es una pelea de rabia, pero hay mucho nerviosismo. Tú sabes que cuando yo me enojo, me enojo, y esta era una voz suave. Además, él me quería en la cama. Yo me la imaginaba parada, fumando con un whisky, puteándolo, y él me dice que no, me presenta una cama. Pensé: ¿cómo voy a hacer esta escena estática? Entonces me permitió mover un poco más las manos. Fue súper interesante, súper desafiante. Estoy agradecidísima de poder enfrentar esta vez un personaje desde la voz y la respiración.
Y salió bien. Salió la primera toma. Después se hicieron dos tomas más, con la cámara más lejana y otra desde arriba, pero el primer plano lateral salió a la primera. Se puso el audio, yo lo podía escuchar y ahí lo pude representar.
Debe ser muy enriquecedor experimentar con formatos así.
De eso se trata mi profesión: aprender en cada proyecto, con contextos, equipos, presupuestos, ideas y estéticas distintas. Es una profesión muy dinámica, siempre me estoy renovando y aprendiendo. Es fantástico si no quieres quedarte en un lugar de encasillamiento, haciendo siempre lo mismo, que también lo valoro: hay actrices que se quedan haciendo lo mismo porque se sienten seguras y lo hacen muy bien. A mí no, a mí me gusta el rock and roll y variar lo más que se pueda.
Hay crímenes de los que todavía ni siquiera se puede hablar del todo, porque siguen en investigación, como lo que se dice sobre Frei o Neruda. Como actriz y como alguien que vuelve después de tanto tiempo, ¿qué relevancia tiene para ti estar en esta película hoy?
Me gusta mucho una frase de Gabriela Mistral, a quien admiro mucho, que dice que los artistas somos quienes entregamos los mensajes importantes. El arte quizá tiene esa labor. A veces puede ser entretener, a veces emocionar y a veces hay que entregar mensajes importantes.
En esta ocasión me ha tocado estar en una narrativa oscura, densa, que habla de la deshumanización de una persona, del horror, de la perversión humana, de la locura de las ideologías políticas. Tenemos que empezar a no pensar de esa manera, poder convivir con nuestras ideas sin matarnos. Ahora me tocó entregar este mensaje importante, que tiene que ver con el respeto a los derechos humanos, con que no tenemos la facultad de quitarnos la vida entre nosotros, porque eso no es humano.
Me parece importante porque estamos haciendo un revival y volviendo a ser gobernados por una clase política que avaló la violencia, que avaló el crimen, que avaló las desapariciones. El señor Kast era parte de la campaña del Sí de Pinochet. Entonces, cuidado: estamos siendo gobernados por una clase que tiene otra moral, otra manera de cumplir sus objetivos, que pasa por sobre la violación de los derechos humanos. Los recortes presupuestarios de cultura violan los derechos culturales, que son parte de los derechos humanos y que yo conozco muy bien. Soy máster en Gestión Cultural de la Universidad Complutense de Madrid y fui candidata constituyente con experiencia en derechos culturales. Quería incidir para que se garantizaran en la Carta Magna, para que no pasara lo que pasó ahora. No lo logramos, pero estamos siempre siendo violentados en nuestros derechos y hay que seguir dando la batalla, manifestarse y hablar de esto.
Para que en algún momento ustedes, mis hijos, las futuras generaciones, puedan vivir en un país regulado, con un Estado social de derecho que respete, como existen en los países europeos que he tenido la suerte de conocer, donde la ciudadanía puede convivir en paz, sentirse segura, crear con fondos y difundir sus ideas sin miedo y sin precarización. Se puede y lo vamos a lograr, aunque nos demoremos diez años más. Todo este trabajo es para ellos, para un futuro mejor.
En la sala hubo risas y se escucharon dos lecturas: a algunos les perturbó que la gente se riera con una historia tan oscura y a otros les pareció bien ese tono, porque ridiculiza a personajes patéticos que vivían en el absurdo. ¿Cómo lees tú el humor de la película?
Yo creo que el humor ridiculiza a este antihéroe que protagoniza el mal, y también es una herramienta política. Si enfrentas un documental como este sin distancia, sin ese material cinematográfico puesto ahí para reírnos un poco, se hace insostenible. No sé si todo el mundo llegaría al final de la historia, porque la vida ya está brígida, ya está dura. Pocas personas tienen la capacidad de una hora y media de horror.
Agradezco la distancia, porque también es una estrategia narrativa para recibir la información, sostenerla y soportarla. No es fácil presenciar la intimidad y la vida de un criminal sin moral, dispuesto a todo. Es una estrategia para que podamos llegar al final de este ser tan patético, abyecto y horroroso. Lo que cita Cristóbal al principio, de Hannah Arendt, es que al final el horror puede llegar a ser cómico.
También tiene que ver con la distancia del tiempo. Si Cristóbal hubiera tenido una vinculación más cercana con estos crímenes, imagina, un familiar, la narrativa sería otra. Pero él tiene distancia y se fascina con esto, entonces tiene otra narrativa, donde puede poner humor. ¿Cuáles serán las narrativas sobre estos mismos personajes en diez años más? Qué bueno que nos vayamos alejando de estos sucesos, con todo el respeto que merecen las personas que siguen buscando a sus desaparecidos, que tienen que seguir buscando hasta el final.
Y que estos cómplices tengan miedo, que estén asustaditos comprando la mercadería en el supermercado y sepan que todavía estamos hablando de ellos. Porque quizá queden impunes, pero estas obras van a seguir diciendo que estos cómplices de la sociedad civil están en el supermercado, tan limpios. Quizá la justicia no los puede enjuiciar, pero el arte sí.
Hay algo justiciero en lo que hace Cristóbal. tremendamente valiente invertir seis años de tu vida en algo así.
Yo elijo las batallas con pinza. Qué gratitud para un creador que entrega seis años de su vida para narrar este nivel de oscuridad. Maravilloso que exista.
es un documental fundamental.
Estoy de acuerdo contigo, porque no ha existido esta forma de tratamiento, este respeto, este detalle, todo desde un proceso muy creativo y con una investigación irrefutable. No abre tesis, como por ejemplo Isla Alien, donde uno se pregunta si su protagonista habrá sido cómplice. Aquí estamos hablando de hechos: está la voz, está el investigador que entrega el material, están los documentos judiciales. Es pura verdad.
Cocaína negra está en cines desde el 5 de noviembre.
