Tras Pig (2021) y A Quiet Place: Day One (2024), Sarnoski ha recorrido distintas escalas de producción y presupuestos en la construcción de sus obras, para llegar ahora a The Death of Robin Hood, una película que él mismo define como construida en familia y con libertad creativa. Esa trayectoria también parece estar presente en la forma en que aborda esta historia: tomando un mito que fácilmente podría haberse convertido en una gran aventura y llevándolo hacia un lugar mucho más íntimo.

La película plantea así una conversación interesante sobre el cuestionamiento: qué sucede cuando una historia que ha sido contada tantas veces comienza a deformarse. El héroe puede convertirse en antihéroe, y lo que parecía una verdad termina revelándose también como una construcción. ¿Qué pasa cuando dejamos de asumir el relato y empezamos a desmenuzarlo?
Hugh Jackman entiende muy bien esa idea. Su Robin Hood está lejos de la imagen del héroe que asociamos al personaje. Hay cansancio y una sensación permanente de estar mirando a alguien que lleva demasiado tiempo viviendo dentro de una historia que ya no está dispuesto a sostener. Jodie Comer como Bridget y Faith Delaney como la pequeña Margaret le otorgan balance y esa pista de inocencia al relato, en quienes frente al aislamiento de sus propias tragedias eligen permanecer.
Hay algo atractivo en que una historia tan conocida decida cuestionarse a sí misma. Alejarse de la acción para enfocarse en lo que sucede en el final. The Death of Robin Hood encuentra en ese tiempo una manera de mirar al personaje desde otro lugar, dejando en evidencia sus contradicciones y abriendo espacio para diseccionarlo.
Sarnoski se permite ese intervalo y, con él, también una película que avanza a un tempo particular, mucho más contemplativo. Un ritmo que termina haciendo de la reflexión una parte fundamental del relato y que nos permite adentrarnos, con mayor calma, en la psiquis de sus personajes.
