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'Sentimental Value': La creación como respuesta al dolor

“En sexto grado, a Nora le pidieron que escribiera un ensayo como si fuera un objeto. Supo al instante que sería su casa.”


¿Qué fantasmas habitan en nosotros?

¿Son físicos? ¿Están en el crujido de una escalera al pisar un peldaño, en la sombra que alguna vez creíste ver por la ventana antes de dormir, en el aroma inconfundible de una habitación? Hay presencias que no necesitan cuerpo para permanecer.



Los espacios que habitamos nos forman, mientras convivimos en una sociedad que, poco a poco, parece olvidar el valor de lo propio y de lo íntimo.


Sentimental Value posiciona la reflexión en ese espacio universal de sentirse habitante de un lugar, originario de una historia y heredero de un sentido. 


Una familia desarmada, el duelo desde múltiples perspectivas, la ausencia, la fortaleza del amor y la soledad. La historia de una casa es o puede ser tu historia.


El cine de Joachim Trier sabe de tiempos y el paso de este, sus personajes conversan, se complican, se enredan y desenredan, pero por sobre todo se observan. El valor de sus historias se esconde en el lenguaje íntimo de las relaciones que se construyen en distintos contextos, amistades, amores y en el caso de Sentimental Value, de la familia. Una familia no tradicional, de padres separados, de distancia emocional y al mismo tiempo de entendimiento.


El tiempo llevado a la construcción literal y metafórica, desde los afectos, la nostalgia y la experiencia de vida es, un género cinematográfico en sí, uno en el que Trier ha profundizado de sobra. Acompañado de un elenco que, como es costumbre, nos hace creer cada palabra y es el reflejo de la construcción de una familia fílmica.





Trier ha mencionado que el papel de Nora fue pensado desde un principio para Renate Reinsve, con quien se impuso en el escenario internacional tras colaborar juntos en 'The Worst Person in the World', ahora, abandonando la inocencia de aquel rol, Reinsve deja en claro su rango y capacidad actoral repleta de matices. Inga Ibsdotter interpreta sólidamente a su hermana, Agnes, con quien comparten un profundo amor y una relación construida en base a la complicidad de crecer en un contexto de padres separados. Stellan Skarsgård interpreta al padre de ambas, Gustav Borg, un cineasta egocéntrico y distante, que en su intento de llevar a cabo su última creación, pasa por encima de todo aquello que el cree tener menor relevancia, obstinado a trabajar con su hija, quien no quiere formar parte de este proyecto, es cuando se ve enfrentado a los fantasmas de su pasado y al reflejo de la ausencia.


Dentro de la línea de cosas que profundiza la historia de Nora es la ansiedad, la pasión por el teatro, aquello que le permite sentir que forma parte de otro plano y la tristeza, mal interpretada como enfado “es difícil amar a alguien que está tan lleno de rabia” le señala su padre. Una compleja visión fundamentada por la falta de comunicación.


Si el arte puede ser una herramienta para exteriorizar el sentir, es también un camino que nos permite sanar, encontrarnos a nosotros mismos, reencontrarnos con un otro o confrontar lo que internamente no podemos visualizar. El arte siempre ha estado ahí, a disposición de quien quiera formar parte. Las ideas sobre la memoria atravesadas por la nostalgia, el arte y el vacío existencial son el eje narrativo de esta historia. El camino de la creación es multifacético y versátil y es aquí, desde la mentalidad de la interpretación teatral y desde la esquina de aquel que decide llevar a cabo el proyecto de una película en donde Trier logra ejemplificar de manera precisa y acertada, la conversación entre el dolor y la creación.





El valor sentimental de todo lo que nos rodea y conforma nunca ha sido mejor descrito, desde un jarro, una sombra, un abrazo, un recuerdo, una conversación que escuchaste a escondidas, una conexión humana o una desconexión humana.


Siempre podemos volver en el recuerdo a ese momento en que los destellos y luces de un lugar, lograron albergar aquello que alguna vez consideramos como una única certeza, en la belleza de observarse y contemplar.

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